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Ponernos las gafas violetas es una metáfora para explicar cómo se ve la vida con perspectiva de género, o, dicho de otra manera, estas simbólicas gafas nos proporcionan una mirada crítica para descubrir las desigualdades entre hombres y mujeres en nuestro día a día.

¿Cuándo decidimos colocarnos estas gafas? No lo decidimos, ocurre cuando tomamos conciencia de la desigualdad de género. Cuando esto sucede, cuando las gafas violetas se sitúan ante nuestros ojos, ya nada es igual, a partir de ese momento somos conscientes, constantemente, de las situaciones injustas que viven las mujeres por el hecho de serlo, además llevan incorporadas una especie de espejo retrovisor por el que podemos rescatar situaciones vividas en el pasado y verlas con la nueva mirada violeta.

Cada vez que tenemos noticia de un asesinato machista y desafortunadamente ocurre muy a menudo, sin las gafas violetas este acto brutal se observaría como un hecho aislado, viendo a los autores de estos crímenes como individuos «locos», o que han actuado movidos por un arrebato «pasional». Con nuestras gafas violetas, en cambio, estos asesinatos los percibimos relacionados con el sistema patriarcal y la cultura machista y como la manifestación más violenta de la desigualdad de género. Del mismo modo, no vemos como hechos aislados los altos y desproporcionados índices de paro femenino; la ausencia o escasez de mujeres en puestos de poder; la invisibilidad de las mujeres en la cultura, la ciencia, el deporte; el sexismo en la publicidad y en los medios de comunicación en general; la falta de paridad en las instituciones; la brecha salarial… etc, sino como consecuencias odiosas del sistema patriarcal dominante.

Las gafas violetas también nos permiten advertir situaciones machistas más sutiles y que en general pasan desapercibidas, de tan interiorizadas que están en nuestra sociedad a pesar de constituir el soporte de las demás formas de violencia de género:  son los llamados micromachismos. Así, nos parece inaceptable y las gafas nos lo revelan, que el nombre de una mujer que dirige una entidad bancaria esté acompañado de un rótulo con la palabra «director», que las calles de nuestra ciudad tengan mayoritariamente nombres de hombres y en cambio estén invadidas por vallas publicitarias con cuerpos femeninos cosificados, que en el ámbito privado con mucha frecuencia los hombres se inhiban de las responsabilidades domésticas y estas, ejercidas por las mujeres, no se valoren socialmente (ni económicamente), se distingue entre señora y señorita (en el caso de los hombres, no), se cede el paso o el asiento a las mujeres (el mensaje es que son más débiles o frágiles); en un bar la bebida más fuerte es para el hombre; entre las personas que se dedican a la política a ellos se les nombra por el apellido (Rajoy, Rivera…) y a ellas por los nombres (Soraya, Susana…); en muchas discotecas las mujeres pagan menos o entran gratis (se utilizan como reclamo); en las tertulias televisivas sobre política, no es que no haya paridad de género, con mucha frecuencia la presencia de mujeres es inexistente; el acoso verbal al que se ven sometidas muchas mujeres en lugares públicos…etc.

En definitiva, las gafas violetas nos conceden la facultad de relacionar las violencias ejercidas hacia las mujeres con el patriarcado y nos desvelan los micromachismos como realidades limitantes y opresoras para las mujeres.

Os invito a reflexionar, tomar conciencia y llevar gafas violetas. Para acabar con las desigualdades primero hay que verlas.

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