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La palabra inglesa mindfulness significa “atención” o “conciencia plena”. Es la traducción del término oriental (pali) sati, que significa “conciencia”, “atención” y “recuerdo”. El Dr. Jon Kabat-Zinn (Universidad de Massachusetts) creó esta denominación, definiendo el mindfulness como la capacidad de prestar atención de una manera especial: intencionadamente, en el momento presente y sin juzgar. La investigación sobre el mindfulness revela que su práctica continuada mejora el funcionamiento del organismo, potencia la respuesta inmunitaria, disminuye la reactividad al estrés y aumenta la sensación general de bienestar físico y mental.

La práctica de la atención plena desarrolla la conciencia de uno mismo, la integración cuerpo-mente en el aquí y el ahora, la aceptación activa de la realidad, la creatividad como respuesta a los patrones repetitivos de comportamiento, la capacidad de autorregulación emocional y de resiliencia, etc., cualidades que se integran a través de un proceso de sintonía interna y se trasladan a la relación de ayuda. En palabras del Dr. Siegel, “no podemos captar los sentimientos ajenos si no estamos abiertos a nuestro estado interior”.

Para que la relación de ayuda sea realmente fructífera, debemos empezar por encontrarnos en estado de presencia, de receptividad, desde una actitud de apertura y flexibilidad. Ésta es la base para crear relaciones sintónicas, vínculos genuinos en los que la persona a la que estamos atendiendo se sienta acogida, reconocida y acompañada. “Lo que verdaderamente cura es el vínculo”, indica el Dr. N. Caparrós.

La comprensión de uno mismo, y por ende del otro, permiten abrirnos a una nueva dimensión de la compasión, que facilita los procesos de cambio para abordar los problemas sociales y mejorar la interacción con individuos, familias, grupos y comunidades.