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Ballester y Figuera (2000) proponen una definición de exclusión social: “…proceso de apartamiento de los ámbitos sociales propios de la comunidad en la que se vive, con una pérdida de autonomía para conseguir los recursos necesarios para vivir, integrarse y participar en la sociedad de la que forma parte”.

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Es decir, la exclusión social se refiere a aquellas personas que ven limitado su acceso a los derechos y oportunidades vitales fundamentales quedando fuera de las dinámicas sociales y de los procesos de participación propios de una ciudadanía social plena.

De este modo, la exclusión se define por oposición a la integración y a la inclusión debido a que existen procesos de dualización y segregación social que permiten que exista un sector de la población integrada y otro excluido de los ámbitos formativo, laboral, cultural y social. Además, hay que tener en cuenta que la exclusión social es la etapa final de un proceso lento que puede tener los siguientes efectos psicológicos:

• Sentimiento de subvaloración personal (que puede generar irritabilidad, hipersensibilidad a la crítica, apatía, aislamiento social, compensaciones consumistas, desesperanza…).

• Crisis de identidad – Ausencia de futuro (que deviene en presentismo, facilismo, hedonismo).

• Reducción del horizonte personal (la capacidad de anticipar las consecuencias de sus actos y la pérdida de interés en definir un proyecto de vida prosocial).