Mi nombre es Carlos Alonso y trabajo como mediador intercultural en Prodiversa-Progreso y Diversidad. En mí día a día, atiendo a personas de diferentes nacionalidades, edades y culturas, personas que llegan de países comunitarios y no comunitarios, con la frecuente situación de carecer de permiso de trabajo. Estas personas están buscando y esperando una regularización, una aprobación de un mero trámite que les dé la posibilidad de comenzar una nueva vida, de mejorar su situación personal, familiar y laboral, pero todas ellas necesitan pasar los duelos que implica la migración y es ahí donde aparece la figura de la mediación intercultural.

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Las personas que llegan a nuestro país se encuentran con la primera barrera, la idiomática. Aquí empezamos el camino, como mediadoras/es, para posibilitar el entendimiento y ofrecer herramientas para que aprendan nuestra lengua. Otras personas vienen de países empobrecidos, de ese Sur global –con toda la carga simbólica que tiene esta idea–, desconociendo los procesos y prácticas posibles para poder gozar de una mejor calidad de vida, por ejemplo, solicitar la tarjeta sanitaria, las ventajas de estar inscritas como vecinas y vecinos de la localidad a través del padrón, etc. Todas estas situaciones enmarcan necesidades comunes, «recursos» como los llamamos, internos y externos y que nos hacen, a las mediadoras y mediadores interculturales, estar constantemente buscando y actualizando todo aquello que facilite y mejore la situación de las personas de nacionalidad extranjera e inmigrada.

Los flujos migratorios provocan choques entre personas de diferentes culturas, estos conflictos pueden darse en el entorno laboral, social y personal; en el terreno laboral debido a la falta de empleo nacional que lleva a planteamientos del tipo «vienes a quitarme lo mío» o «primero el que es de aquí», en lo social por una cuestión básica cultural que son «hábitos» naturales del lugar de donde proceden, horarios, rutinas, normas básicas de convivencia inexistentes o sencillamente diferentes, higiene, etc…, y en lo personal por cuestiones de religión. Todas estas características que nos diferencian los unos de los otros desencadenan el desencuentro entre personas que llegan a nuestro país buscando satisfacer necesidades económicas o huyen de conflictos y nacionales. Esta situación provoca que mediadoras/es hagamos ver a ambas partes cuales son los beneficios de esa convivencia multicultural, a través de la educación y el conocimiento del «donde me encuentro, donde estoy y la visión globalizada sobre personas en movimiento» y el recordar la España que acoge y la España que migró. De esta manera logramos que se integre la interculturalidad como un hecho, un valor del que nos beneficiamos todas las personas.

Hablando sobre las diferentes situaciones por las que una persona abandona su país o emigra y llega a aquel de acogida, la figura, la labor en la mediación intercultural toma un papel significativo como «puente» haciéndonos partícipes de situaciones personales que en muchos casos, por cuestiones burocráticas, tienen poca o ninguna solución u opción que esperar de manera indefinida, perdiendo toda dignidad y encontrando un limbo como forma diaria de vida, situaciones denominadas «callejones sin salida» para personas que día tras día llegan a nuestra oficina de trabajo.

Fuente: http://www.laopiniondemalaga.es/malaga/2017/06/03/mediacion-intercultural-puente-insercion-socio/935018.html

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