Padres altamente comprometidos con la educación de sus hijos. Cada vez son más las familias españolas que no escatiman en tiempo ni recursos para intentar que los suyos lleguen a lo más alto. Desde la cuna hasta la universidad y más allá, la formación se ha instalado en los hogares como un bien de primera necesidad, un legado parental para mantener o mejorar el estatus social y destacar en un mercado global y altamente competitivo.

Una generación de padres y madres ha dado un vuelco en las relaciones, el cuidado y la atención que prestan a sus hijos. Y una serie de circunstancias ha confluido en lo que Pablo Gracia, sociólogo del European University Institute de Florencia, especializado en el estudio de la familia y la desigualdad, define como el “cambio radical” de las últimas décadas en la concepción de la niñez en los países industrializados. “Los menores han pasado a ser concebidos como seres altamente preciados, sensibles al entorno familiar y al involucramiento de los padres en el cuidado”, explica.

Gerardo Meli, catedrático de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid, se refiere a la reducción del tamaño de las familias y al hecho de que “las parejas tienen uno o dos hijos, en su mayor parte planificados, por lo que explícitamente forman parte del proyecto de felicidad de las personas y en ellos se concentran todas las aspiraciones”. Se ha producido, a su vez, un cambio drástico en las circunstancias socioeconómicas y “el mensaje que reciben las familias desde el entorno económico es que tienen que invertir en educación para aumentar las posibilidades de promoción o, al menos, de mantener el estatus social”.

El aumento del nivel formativo de un sector importante de la población, la mayor inserción de las madres en el empleo o la revolución tecnológica han contribuido a un nuevo paradigma en el que hombres y mujeres comparten esfuerzos, inquietudes y un buen porcentaje de sus ingresos para tratar de garantizar el futuro de sus descendientes.

El único gasto familiar que creció en la crisis

Hasta tal punto, que “la educación ha sido el único gasto que ha aumentado en los hogares en tiempos de crisis”, como destaca Gonzalo Sanz Magallón, profesor de Economía Aplicada de la Universidad CEU San Pablo. Se ha convertido en un bien tan necesario como costoso. “Ahora es habitual enviar a los hijos fuera para aprender idiomas o hacer un máster, y el coste de oportunidad es muy alto porque estos jóvenes no trabajan y, además, asumen un cierto nivel de vida”, añade.

En concreto, sólo en centros educativos, academias y clases particulares las familias se gastaron 2.831 millones de euros entre 2008 y 2014, lo que supone un incremento del 32,4% respecto a lo que pagaban antes de la crisis, según los últimos datos del informe Las cifras de la educación en España. Curso 2014-2015, publicado por el Ministerio de Educación. Y aquí no se incluyen servicios complementarios ni otros bienes educativos.

La mayor parte de este gasto llega después del Bachillerato, donde la desaparición de los conciertos provoca un primer salto cuantitativo, y ya en el ámbito de la Universidad y el posgrado, donde “se produce un gasto muy importante, ya que muchas familias envían a los hijos a estudiar a Barcelona o Madrid, o incluso fuera de España”, señala Sanz Magallón. El importe medio que deben afrontar los hogares por los estudios de posgrado prácticamente triplica el de las enseñanzas de primaria y secundaria, según la información del INE. Un importe que, de media, puede superar los 6.000 euros y que, en el caso de las universidades privadas, puede oscilar entre los 1.000 y los 2.000 euros mensuales de matrícula, más el alojamiento, la comida, los materiales o las actividades de ocio.

Todo esto “es muy costoso, pero se ha extendido y ocupa un lugar muy importante“, coincide Gerardo Meli, quien sostiene que existen una presión y un terreno abonado para que las familias inviertan en educación que ha llevado a un boom de los estudios universitarios y de máster, de los programas Erasmus y de la extensión de los intercambios en niveles más bajos del sistema educativo.

La mitad de los españoles quiere ir a la Universidad

Alrededor de 100.000 españoles realizan cada año algún curso de idiomas en otro país, según estimaciones de la Asociación Española de Promotores de Cursos en el Extranjero, de los cuales tres cuartas partes suelen ser menores de edad, y el número de estudiantes de máster ha pasado de los poco más de 80.000 de 2010 a los casi 171.000 contabilizados por Educación en 2016.

Hay una voluntad de invertir muy condicionada por el nivel formativo y socioeconómico, especialmente entre las familias de clase media, que “tienen una visión más amplia de las demandas del mercado y un riesgo de desclasamiento más alto”, subraya el catedrático de la UAM. Aunque otra cosa es que las nuevas generaciones se identifiquen con ese objetivo, porque “hay un discurso generalizado, bastante falso y muy peligroso, de que la formación no sirve“, alerta. Muy a la inversa, “hay mucha competencia en el mercado laboral, y aquellos jóvenes que no hayan recibido una buena formación se ven penalizados”, especifica, por su parte, Sanz Magallón.

Aun así, la mitad de los estudiantes españoles aspira a tener un título universitario, según un reciente análisis del informe PISA sobre la satisfacción de los alumnos con su vida escolar, aunque ese porcentaje llega a ser 51 puntos mayor entre aquellos criados en familias favorecidas sobre los provenientes de otras más desfavorecidas, mientras que casi se duplica entre aquellos cuyas madres cuentan con estudios universitarios (71%) y los que no (37%).

El origen sigue siendo determinante

El informe confirma la implicación parental en la vida escolar de sus hijos. La práctica totalidad de los alumnos consultados (95%) declaró que sus padres se interesaban por sus actividades en el centro, mientras que un 90% aseguraba que les ayudan cuando tienen dificultades en clase. Padres y madres dialogan con los profesores sobre el progreso de sus hijos, sobre cómo pueden apoyarles en su aprendizaje, y ese interés se traduce tanto en unos mejores resultados académicos como en unas mayores aspiraciones personales. Dos factores, nuevamente, en los que el nivel educativo y socio-económico de los progenitores ejerce una poderosa influencia, como subraya el informe.

Gonzalo Sanz Magallón señala que “los datos de PISA ponen de manifiesto que hay una clara progresión en los resultados en relación con las familias, de manera que aquellas que cuentan con más formación y renta se ocupan más de sus hijos, les dedican más tiempo y recursos”. Y llama la atención, por el contrario, sobre la dificultad de educar bien a los hijos en una situación desfavorecida, “tanto en lo que se refiere a tiempo disponible por la carga laboral y la dificultad de conciliar, como en la posibilidad de destinar recursos a clases de refuerzo o idiomas”.

Las diferencias familiares se extienden, lógicamente, a la frontera del ámbito público y privado. En este sentido, Sanz de Magallón apunta que el porcentaje de familias en las que trabajan los dos progenitores es 30 puntos mayor en la enseñanza privada que en la pública, ya que “la mayor parte de los hogares no puede afrontar la enseñanza privada sólo con un sueldo y necesitan que trabajen los dos”, lo que puede suponer un sacrificio, en cuanto a la imposibilidad de tomar excedencias o reducciones de jornada.

El sociólogo Pablo Gracia recuerda también que “las madres y los padres juegan un rol clave en la definición de aptitudes, valores y competencias asociadas con los resultados educativos y el aprendizaje de los menores”. Desde el impacto que la proximidad emocional y el cuidado afectivo producen en los primeros años de vida, hasta las actividades de estímulo en la infancia y la adolescencia, pasando por las que fomentan el rendimiento académico, especialmente a partir de la educación secundaria.

¿De qué se habla en casa?

Por ejemplo, relata los beneficios de “haberse educado en un entorno familiar con hábitos y acceso a la literatura, la cultura y las artes, o haberse educado en familias donde se discuten con frecuencia cuestiones de interés público o científico”, actividades que, en particular, “se producen en mayor medida en entornos sociales privilegiados, y tienen mucha menor presencia en familias de clase trabajadora o de ambientes más desfavorecidos”.

El sociólogo comparte que es en las clases medias y altas donde han emergido antes y con mayor fuerza los discursos y prácticas sobre el cuidado parental intensivo. Por el contrario, las familias de clase trabajadora, sobre todo aquellas en situaciones de pobreza, sufren una serie de limitaciones que dificultan la gestión del tiempo.

Además, la incorporación de la mujer al mercado de trabajo ha desempeñado un papel importante a la hora de fomentar la participación de los hombres en el hogar. “Las mujeres, especialmente quienes tienen niveles de formación más altos, poseen mayor autonomía y poder económico, aunque también tienen menos disponibilidad de tiempo para sus hijos, y esto ha incidido de manera importante sobre una presencia masculina cada vez mayor en la vida familiar y en el cuidado”.

Fuente: http://www.elmundo.es/f5/campus/2017/05/10/5911f725268e3e040c8b45e5.html